Cuatro meses y medio después que fuésemos concebidos comenzamos a oir. Es el primero de nuestros sentidos en encenderse y por los siguientes cuatro meses y medio el sonido reina como un solitario Rey de los sentidos. El cerrado y líquido mundo del útero hacen a la vista y el olfato imposibles, al gusto y al tacto dos asuntos atenuados y generalizados que insinúan lo que va a venir. En cambio, gozamos de un exuberante continuo baño de sonido: la canción de la voz de la madre, el chorro de su respiración, las tuberías de sus intestinos, el tambor de su corazón.
El nacimiento trae consigo la ignición simultánea y repentina de los otros cuatro sentidos, y una intensa carrera a codazos por el trono que la Audición clamaba para sí sola. La más notoria pretendiente es la precipitada e insistente Visión, quién alegremente se llama a sí mismo Reina y sube al trono como si estuviera vacante y esperando por ella.
Sorprendéntemente, al retirase entre las sombras, Sonido arrastra un velo de olvido a través de su reinado.
Asi que todos nosotros comenzamos como seres oyentes. A los cuatro meses y medio nuestro bautismo en un mar de sonido debe tener un efecto profundo y duradero en nosotros, pero desde el momento del nacimiento en más, la audición parece retroceder al fondo de nuestra conciencia y funciona más como un acompañamiento de lo que vemos. Por qué esto es así, en lugar de lo opuesto, es un misterio: por qué el primero de los sentidos en ser activado no permanece dominante sobre los otros a lo largo de nuestra vida?
Fragmento del texto: Estirando el sonido para ayudar a liberar la mente. Por WALTER MURCH